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Prosigo al blanco

Fecha: 17/04/2003  |  Autor: Eduardo Gavilán  |  Serie: -
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Como hijos de Dios que somos nosotros, debemos guardar todos sus mandamientos y todos sus preceptos. Dios bendice sobremanera a aquellas personas que perseveran en Él, y que nunca inclinan sus corazones a otros propósitos.

Dios se goza, y canta con júbilo por aquellos fieles seguidores suyos. Él nunca desampara a estas personas. Si bien sabe nuestro Dios que a veces podemos fallarle, aún así no aparta su rostro de nosotros. Cuando hacemos esto (apartanos del Señor), Él aún nos espera con sus brazos abiertos; confiando en que tomaremos una sabia decisión y volveremos a sus caminos.

Pero cuando dejamos de proseguir el blanco y nos desenfocamos del mismo, y Dios no ve en nosotros el deseo de volver bajo su abrigo, entonces el Señor recurre a la disciplina:

Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor, ni desmayes cuando eres reprendido por él; porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo. (Hebreos 12:5-6)

Esto nos lleva a hacernos varias preguntas:
1) ¿Cuál es ese blanco que hay que proseguir?
2) ¿Cómo podemos permanecer sin desenfocarnos de ese blanco?

Nuestro blanco: la meta que debemos sobrepasar

En su carta a los Filipenses, el apóstol Pablo escribe:

Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús. (Filipenses 3:13-14)

Nuestro blanco como cristianos es ser "hallados en Cristo Jesús y su justicia...a fin de conocerle y conocer también el poder de su resurección en nosotros" (Filipenses 3:9-10)

¿Qué es "ser hallado en Cristo Jesús y su justicia"? Es reflejar la vida de Jesús en nosotros, andar como Él anduvo aquí en la tierra. Dijo Jesús una vez que si en verdad le amábamos, debíamos entonces guardar sus mandamientos (Juan 14:15). Cristo fue muy específico en todo esto: quien no fuera como Él, no podría habitar en el reino de los cielos.

Dijo Jesús en cierta ocasión: "Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas" (Mateo 11:29). Muy claro dijo que debíamos aprender de Él y ser mansos y humildes de corazón.

Es como lo expresa el apóstol: Tenemos que ser hallados en Cristo Jesús y en su justicia.

Según Pablo, la meta es también alcanzar el "premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús". ¿Pero qué significa esto?

Aquí vemos como Pablo hace una interesante analogía: él compara el vivir en Cristo y hacer Su voluntad, con una carrera.

De seguro muchas veces hemos participado en una carrera, tal vez cuando fuimos niños competimos contra otros para ver quien era el más veloz. O posiblemente hayan visto una carrera o maratón por la televisión.

El objetivo en dichas competencias es ver quien llega a la línea de meta en primer lugar; esa es la persona que gana la carrera.

Pero esta carrera que corremos es diferente. Incluso la forma de premiación no es la misma: aquí no gana la competencia quien llega en primer lugar. En esta carrera no hay siquiera primer o segundo o tercer lugar. Oh no, claro que no. Ganan la carrera aquellas personas que logran llegar a la meta.

Ganan la carrera aquellas personas que logran llegar hasta el final del recorrido. Sólo quienes pisan la línea de meta son los que tienen el derecho de llamarse ganadores en esta competencia de la fe.

Muchos podrían estarse preguntando: ¿cúal es el premio de esta carrera? Pablo lo declara en Filipenses, capítulo 3 y verso 10, de la siguiente manera: "...a fin de conocerle, y el poder de su resurreción..." (Filipenses 3:10a)

¡El premio de esa carrera es conocer en persona al mismo Jesucristo, y resucitar en aquel día para estar para siempre con Él! (1 Tesalonicenses 4:17). Conoceremos al Señor, bañado en gloria, y gustaremos del poder de su resurreción en nosotros, para entrar a reinar juntamente con Él.

Así se cumplirá lo dicho por David: "Porque Jehová es justo, y ama la justicia; el hombre recto mirará su rostro" (Salmos 11:7)

Oh sí, ¿cuántos dicen Amén a esto? Ese es el premio para los osados que se mantienen en la carrera y llegan a la meta. Ese es el "premio del supremo llamamiento de Dios" del que nos hablaba Pablo en esta carta.

Enfocándonos en el blanco

Este es el principal problema: ahora ya sabemos que debemos mantenernos en la carrera de la fe, pero perdemos el enfoque y pronto abandonamos la carrera. Es duro ver que la mayoría de los cristianos de esta época se dejan apagar la llama del Espíritu Santo que mora dentro de ellos.

¿Cómo perdemos el enfoque? Cuando dejamos que la fe que está en nosotros se apague, y nos dejamos de someter a la voluntad perfecta de Dios.

Hay personas que dejan morir su fe. No la alimentan como es necesario. Dice Santiago que las obras son las que alimentan la fe. Cuando usted vive de una manera conforme a la de nuestro Señor Jesucristo, alimenta la fe que hay en usted.

La oración es una de las principales fuentes de poder del cristiano. El verdadero poder de la persona que profesa de Cristo no radica en los milagros, ni en lo que uno como persona pudiera hacer; sino que este poder reside en su comunión con Dios y en la fortaleza de la oración.

¡Da pena ver como muchos de nosotros descuidamos esta parte de la relación con Dios! Desde que dejamos la oración y la hacemos a un lado, damos con esto ocasión al enemigo para que haga y deshaga con nosotros a su perfecto antojo.

Leer la Palabra de Dios (la Biblia) diariamente también ayuda a fortalecer nuestra fe. Dice un verso: "Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios" (Romanos 10:17). Claramente vemos con este verso que la fe empieza por el conocimiento de la palabra del Señor.

Sin embargo, también existen muchos cristianos que han abandonado el buen hábito de lectura de la Biblia. Pongámonos a pensar en lo siguiente: Si la voluntad de Dios para con nosotros se encuentra expresada en la Biblia, y dejamos de leerla, ¿cómo conoceremos la voluntad de Dios?

¿O acaso no sabes que si no conoces que desea Dios para con tu vida, podrías salirte del trayecto que Él ha trazado para ti?

Por tanto, si nuestro blanco es llegar a ser como Jesucristo, no nos descuidemos en este camino del evangelio. Si tenemos la promesa de la resurreción de entre los muertos, de vivir eternamente con Cristo, ¿entonces flaqueramos? ¿Dudaremos en lo que debemos hacer?

Nosotros no podemos darnos ese lujo. Para no desenfocarnos, debemos tener siempre los ojos puestos en Jesús, el autor y consumador de la fe (Hebreos 12:2). Debemos perseverar en la fe, oración y lectura de las Escrituras.

Si guardas todo esto, conforme a la voluntad de Dios, recibirás la corona de la vida eterna. Y podrás vivir para siempre con Jesús. Espero que cuando estes delante de Dios, pueda decirte: "Bien, buen siervo y fiel; sobre lo poco fuiste fiel, sobre lo mucho te pondré. Entra en el gozo de tu Señor".

Las más ricas bendiciones para ti y los tuyos en el nombre precioso de Jesús.
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