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Yo sé que estás en crisis (I)

Fecha: 01/05/2005  |  Autor: Eduardo Gavilán  |  Serie: Yo sé que estás en crisis
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Cada vez que me ha tocado hablar de los desiertos de la vida, Dios trae nuevas revelaciones a mi vida en cuanto a esto. Los desiertos son esos períodos de prueba, de procesos, en donde nos sentimos que somos nada, que nada valemos, que nunca tendremos descanso, que nunca terminaremos de salir de ese malestar.

Hay veces que los desiertos se vuelven tan áridos, que nunca encontramos agua para saciar nuestra sed. Hay muchos tipos de desierto. ¿Qué tal aquel desierto en donde descubriste que ese marido tuyo te era infiel? ¿Que tal aquel desierto en donde hiciste un pacto con el Señor, y esa misma noche te viste en tu cuarto a oscuras, haciendo ese hábito oculto nuevamente? ¿O qué me dices de aquel desierto en donde buscaste en tu cartera y ni siquiera encontraste un solo centavo para alimentar a tú familia?

Cuando prediqué este mensaje, lo hice en una reunión de madres solteras. Eran personas común y corrientes, al igual que yo. Nada especial, la única diferencia era que al mismo tiempo que eran madres, también tenían que ser padres. Es una tarea difícil. Y antes de comenzar el mensaje de manera oficial, pasé por cada asiento y las miré a ellas, y a cualquier otra persona que estuviera ahí en ese momento. Luego pasé al frente y les dije: "Yo sé que ustedes están en crisis, porque me lo dicen sus ojos".

Por eso dedico este mensaje a toda persona que haya pasado, que esté pasando, o que entrará en una crisis. Porque, amado hermano y hermana, las crisis son situaciones repentinas, sin avisos. Nunca nos llega una carta que dice: "Dentro de tantos días te llegará una crisis, así que prepárate". Pero creo que este mensaje te ayudará a manejar cualquier crisis que hayas vivido, o vivirás en los próximos días.

2 Corintios 4:7-9 dice: "Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros, que estamos atribulados en todo, mas no angustiados; en apuros, mas no desesperados; perseguidos, mas no desamparados; derribados, mas no destruidos..."

¿Sabes cuál es el problema de las crisis del desierto? Que no solo nos sentimos atribulados, sino también angustiados. Muchas veces permitimos que la angustia del problema nos arrope de una manera tan grande, que sentimos literalmente como la paz de nos desliza. Ya no dormimos, ya no comemos, hasta dejamos de orar. Decimos que ya no vale la pena hacer ningún esfuerzo.

En el desierto no solamente nos sentimos apurados, sino que tendemos a desesperarnos. Comenzamos a tomar decisiones que pensamos que nos ayudarán a resolver nuestras crisis, y solo la empeoran. ¿Cuántos no van a consultar brujos y hechiceros? ¿Cuantos no toman alcohol pensando en una solución mágica? Hasta dejamos de ir a la iglesia, porque decimos que tenemos que pasar un tiempo a solas, pero hasta meses duramos sin congregarnos.

En medio de las crisis tendemos a sufrir persecuciones, y nos llegamos a sentir desamparados. ¿Sabes que es lo peor del desierto? Que de repente pensamos que Dios, quien es nuestro fiel amigo, de un momento a otro se convierte en nuestro potencial enemigo mortal. Y no me miren raro por favor, pero muchas veces sentimos que Dios se apartó de nosotros, se olvidó de nosotros. Cuando caminamos en el desierto de la crisis, sentimos que no tenemos a nadie a quien recurrir.

Y es que, así son las crisis. No encuentras a nadie con quién identificarte. Sientes que nadie te comprenderá, sientes que nadie ha atravesado ese valle en el que te encuentras. Lo peor es cuando miramos al cielo, y vemos en nuestros ojos, que el cielo tiene un color oscuro y decimos: "El cielo no debería estar así". "Dios debió hacer algo, porque Él pudo haberlo hecho".

Ahí entra el "Dios debió haber hecho esto, Dios pudo haber hecho lo otro. Si de veras Dios me amara, no me dejaría caminar en este desierto en este momento..." Así como los desiertos tienen tormentas de arena, en medio de las crisis hay tormentas de arena que nos cegan la vista, y no nos dejan ver o sentir a Dios al lado nuestro. Y comenzamos a cuestionar a Dios, diciendo que Dios pudo, Dios debió...

¿Cuantas veces no pensamos que Dios pudo evitar la muerte de ese ser querido en un accidente de carro? ¿Cuantas veces no hemos pensado que Dios debió advertirnos que esa inversión nos arruinaría económicamente? ¿Y qué de esa ocasión en que Dios debió y pudo proteger a ese hijo de que fuera asaltado y lastimado severamente? Entiéndanme esto, no estoy poniendo a Dios como el malo de la película, Él solo quiere lo mejor para nosotros. Sin embargo, estoy hablando de la forma de pensar de muchos cristianos en medio de las crisis del desierto. Porque en medio de las crisis, nos sentimos angustiados, desesperados y hasta desamparados.

El último síntoma de 2 Corintios 4:7-9 es que en los desiertos nos sentimos no sólo derribados, sino también derrotados. Nos sentimos exactamente lo contrario a como Pablo se sentía. Pablo siempre buscó sentirse bien, pero así nos sentimos nosotros muchas veces. Una cosa es estar derribado, pero otra es estar derrotado. El que está derribado, lo está su cuerpo, pero su espíritu y alma anhelan seguir peleando sin rendirse. Pero el que está derrotado, ya tiró la toalla, se rindió, no le ve sentido a la carrera.

¿Has visto una persona con sus esperanzas muertas? Yo sé lo que es eso. Muchas veces me ha pasado. He tenido deseos de retirarme de la carrera, de dejar que sea otro que se encargue de todo, de abandonar estos caminos. Sueños que creo que nunca se cumplirán, yo sé lo que es eso. Estoy hablando de cosas que me han tocado vivirlas. Oh hermana mía, yo sé como te sientes en esa crisis.

En el evangelio la derrota no es una opción, pero no podemos evitar el sentirnos así muchas veces. Allí es donde el diablo quiere llevarnos, a una total rendición y humillación. Es que cuando nos sentimos derrotados, estamos diciendo que renunciamos a todos los beneficios del reino, y entramos en el ring de boxeo del diablo, a pelear sin cobertura. Cuando nos sentimos derrotados, ya no peleamos con las reglas de Dios, que dice que "todo lo puedo en Cristo que me fortalece", o que yo tengo "toda autoridad sobre principados y potestades y toda fuerza del enemigo"; sino que peleamos con las reglas del diablo, abandonando nosotros nuestra posición de autoridad sobre el enemigo.

Ahora, quiero que me escuches bien, porque aquí viene la revelación de Dios para vencer la crisis, y soportar el desierto. Vayamos a 2 Corintios 4:13, "Pero teniendo el mismo espíritu de fe, conforme a lo que está escrito: Creí, por lo cual hablé, nosotros también creemos, por lo cual también hablamos". Pablo estaba citando Salmos 116:10 que dice: "Creí, por lo cual hablé, estando afligido en gran manera". Cuando quise buscar en griego la palabra "hablé" es "laleo", que significa pronunciar, orar, decir.

Ahora bien, esta palabra tiene un sinónimo en griego, "lego", que significa literalmente romper el silencio. ¡Eso es lo que nos sucede en las crisis! Caemos en un encierro pensando que nadie nos entiende ni nos ayudará, incluyendo al mismo Señor. Hasta dejamos de hablar con Dios y dejamos de orar porque ya no le vemos sentido a nada. Pero Dios dice en Su Palabra: "Tienes que romper el silencio". Tenemos que hablar lo que hemos creído, y confesarnos las promesas de la Palabra y arrebatarlas.

Dios demanda de nosotros que comencemos a creer, y hablar; es decir, a creer, y romper el silencio. Si tienes deudas económicas, dí: Dios es el dueño del oro y la plata; por tanto, Él suplirá mi deuda. Eso es creer y hablar. Si tienes un hijo drogadicto, dí: Señor, en la cruz llevaste nuestras cargas, dolencias y pecados, así que en tu nombre declaro libertad sobre mi hijo. A eso se refiere la Palabra con creer y romper el silencio.

Si estás enfermo, confiesa que Jehová es tu sanador, y arrebata tu sanidad, en el nombre de Jesús. ¡Dios te está entregando un arma poderosa en este momento! ¡Dios te está dando una llave poderosísima para enfrentar y vencer las crisis que estás atravesando! Si tú sientes que tu ministerio no está progresando, declara que Dios amplifica tu visión y te llena de más unción. Eso es creer y hablar, eso es creer y romper el silencio.

Dios quiere abrir tu entendimiento a la siguiente revelación: hay dos mundos, el físico y el espiritual. Por tanto, hay también dos realidades: la física, que es la que estoy viviendo; y la espiritual, que es la que debería estar viviendo, la que se encuentra establecida en la Biblia. Dios quiere llevarte al nivel de fe en el que puedas arrebatar la realidad espiritual sobre tu realidad física. ¿Y cómo lo puedes hacer? ¡Creí, por lo cual hablé! ¡Creí, por lo cual rompí el silencio! Tú solamente creélo y decláralo, y Dios se encargará de hacerlo realidad.

Tienes que comenzar a arrebatar tu realidad espiritual, e imponerla sobre la realidad física. Y esto no es un consejo de un sólo día, esto es algo del diario vivir. Cada vez que ores, establece la realidad de la Palabra sobre tu vida. Si quieres un cambio de situaciones, cambia tu actitud a una de mayor fe y confiesa las promesas de la Biblia. Proverbios 11:11 dice: "Por la bendición de los rectos, la ciudad será engrandecida; mas por la boca de los impíos será trastornada". Tienes que entender que tienes una palabra en tu boca que cambiará el curso de tu destino.

Tienes que entender que en tu boca hay un milagro que está esperando ser desatado en este momento. Por tu bendición que sale de tu boca, no solo la ciudad será engrandecida, sino tu esposa, tus hijos, tu trabajo, tu empresa, o tu novia, tu familia, tus padres, tu colegio, universidad, etc. No importa tu edad, lo que importa es el espíritu de fe con el que declares que Dios tiene el control y que todo será prosperado y crecerá.

Termino con esto, Isaías 3:10 declara: "Decid al justo que le irá bien, porque comerá de los frutos de sus manos". No importa si el diablo cree que te robará tu paz, te irá bien. No importa si tienes deudas, te irá bien. No importa si perdiste el trabajo, Dios te dice en esta hora que te irá bien. Dios siempre se sale con las suyas, y te dará algo mejor que lo que el hombre te ha quitado. Esto de Isaías 3:10 es creer y hablar, creer y romper el silencio. Esa es la llave que te quiero entregar en esta hora.

Recibe tu milagro, y recibe esta arma de poder en tus manos, en el nombre fuerte de Jesús.
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